VIOLENCIA DOMÉSTICA Y DE GÉNERO

La sociedad está cada vez más sensibilizada con los malos tratos en el ámbito familiar y los medios de comunicación ayudan a generar esa sensación de gravedad después de cada nueva noticia de violencia doméstica.

El artículo 173.2 del Código Penal, pretende proteger la integridad moral en el trasfondo colectivo de la unidad familiar, estando también afectados la protección de la familia y la infancia y la protección integral de los hijos. Quedan de esta forma tipificados aquellos actos que exteriorizan una actitud tendente a convertir el ámbito familiar en un ambiente de miedo y dominación de un sujeto sobre su cónyuge, los menores convivientes y otros miembros especialmente indefensos, quebrantando las relaciones familiares de afecto y solidaridad mutua y el normal desarrollo de los menores en un ambiente familiar estable y pacífico.

CONDUCTA TÍPICA

La conducta típica consiste en ejercer violencia física o psíquica. No obstante, respecto a la violencia psíquica se suele exigir que tenga una entidad de la misma gravedad que la violencia física, sin necesidad tampoco de exigir la materialización de las amenazas constitutivas de delito, sobre todo en los supuestos en que se presenten combinadas con violencias físicas, facilitando la concurrencia de habitualidad.

REALIZACIÓN POR OMISIÓN

La Sala Segunda del Tribunal Supremo exige que el comportamiento del agresor sea activo, no siendo suficiente el comportamiento omisivo, aunque también matizó que, sin perjuicio de ello, es sancionable penalmente, quien contribuye a la violencia de otro, no impidiéndola pese a encontrarse en posición de garante.

HABITUALIDAD

La habitualidad constituye el elemento configurador y valorativo de este delito. No obstante, hemos avanzado desde una perspectiva mucho más matemática, en la que para apreciar la habitualidad se debía atender al número de actos de violencia que resultaran acreditados, así como a la proximidad temporal de los mismos, con independencia de que dicha violencia se hubiera ejercido sobre la misma o diferentes víctimas de las comprendidas en el precepto, y de que los actos violentos hubieren sido o no objeto de enjuiciamiento en procesos anteriores. A pesar de que no se precisaba cuantos actos de violencia serían necesarios para apreciar habitualidad, la jurisprudencia, en principio, exigía un mínimo de tres, ligados temporalmente por una determinada continuidad o proximidad cronológica, pero siempre con un examen individualizado del caso concreto

No obstante, dicho concepto de habitualidad ha variado, lo que debe constatarse es que el sujeto utiliza la agresión y el maltrato físico como una forma de relación y comunicación normal en su entorno familiar, debiéndose poder acreditar esta situación de forma diversa y variada y no, obligatoriamente, a través del número de palizas sufridas por el sujeto pasivo.

En este sentido, la jurisprudencia ha ido evolucionando desde una visión puramente aritmética a la convicción de que la víctima vive en un estado de agresión permanente, porque incluso se puede dar el caso de que las agresiones recaigan sobre sujetos pasivos distintos, y estaríamos obligando a las víctimas a tener que esperar a que la paliza recayera por tres veces consecutivas sobre la misma persona.

AGRAVANTES

Existen una serie de agravaciones específicas, que determinan la imposición de las penas en función de que los actos de violencia:

  • Se perpetren en presencia de menores
  • Se perpetren utilizando armas
  • Tengan lugar en el domicilio común o en el domicilio de la víctima
  • Se realicen quebrantando una pena de alejamiento o una orden de protección.

Basta con la concurrencia de una sola de tales circunstancias para la apreciación de la agravación.

Este artículo simplemente aborda un asunto con carácter general, en caso de encontrarse ante una situación similar, se deberá acudir a un profesional para que pueda valorar el caso concreto y adoptar una solución específica a dicho problema.

Estaremos encantados de ayudarle.